viernes, noviembre 30, 2007

Fumble.

A todos nos ha pasado, hábiles y torpes, habrá sido un vaso, un florero, el control remoto de la televisión, un cuadro con la fotografía de los abuelos, una figura de cerámica, el celular, el anillo de bodas en la regadera, la invaluable figurilla de cristal cortado que ha pasado generación tras generación entre familiares. Lo tomamos entre las manos y súbitamente, sin premoniciones que mengüen el sobresalto, resbala de nuestros dedos y cae al piso inexorablemente, haciéndose añicos al impacto. La sensación es similar al sueño universal en que uno cae dentro de un abismo, con la salvedad de que en el sueño no se toca fondo. En el accidente de la vigilia, en cambio, el ánimo se desploma junto con el objeto entre cuyos restos se diversifican las sensaciones de pérdida, nostalgia, culpabilidad y arrepentimiento. Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos pero en retrospectiva se observa en cámara lenta y cada instante da pie al hubiera y al reproche. El resultado, sin embargo, es único e irremediable. Sólo queda aceptar lo ocurrido y resignarse a pensar que esas cosas pasan todo el tiempo y a todo el mundo, y que éste no se detiene por ello ni lo hará jamás por asunto semejante. A todos nos pasa y nos seguirá pasando, no hay nada qué hacer al respecto.


Yo tuve así la vida de mi madre entre las manos. Y en un santiamén, en un descuido, no sé explicar cómo, se me escapó, cayó al suelo y se perdió para siempre. Ahora no queda nadie a quien pedirle perdón, a quien entregar cuentas, a quien resarcir su pérdida. La mía es una deuda insaldable. Ni la cadena perpetua a la que estoy condenado podrá jamás redimirme. Ni siquiera es que me sienta culpable, yo mismo soy culpa y por ende sólo la muerte puede ser la expiación. Pero ni a eso tengo derecho. Bien ha dicho el menor de mis hermanos que no es que todo tenga solución menos la muerte sino que es la muerte la solución a todos los problemas. Y mi pecado ha costado una vida. Debo cargarlo hasta el último de mis días o quizás aun más.

1 comentario:

Gilberto López dijo...

Cada que recuerdo la última vez que estuvimos en su casa, comimos y platicamos con ella me siento igual, no se si culparme por no darle más importancia a lo que creí una simple enfermedad común o lamentarme por no haber hecho más. De cualquier manera como me hace falta y cuanto me arrepiento de no haberla disfrutado más.