viernes, abril 27, 2012

Sistemas y Complejidad. Dos conceptos para el estudio de la Realidad.

"A menor complejidad, mayor complejidad." Do you know what I mean?

Imagen tomada del sitio: http://www.wong-sir.com
Érase una vez un sociólogo germano que veía sistemas por todos lados. La sociedad es un sistema, tu familia es un pequeño sistema, tú mismo eres un muy peculiar sistema. ¿Lo ves? ¡Ajá! De hecho eres un sistema de sistemas. ¿O es que acaso no está tu cuerpo conformado por sistemas acoplados trabajando en admirable armonía? El aparato circulatorio, el aparato digestivo, el sistema óseo, el sistema nervioso, el sistema inmune, etc. Todos ellos son subsistemas del sistema (mayor) que es el cuerpo humano.

Este sociólogo, de nombre Niklas Luhmann, entendía los sistemas como reductores de complejidad. Por ejemplo, tu cuerpo regula los cambios de temperatura, ¿no es así? Pero también se defiende cuando agentes externos como bacterias y virus lo invaden. Responde al entorno. Y dicho entorno es complejo. ¿Quién puede dar seguimiento al cúmulo de estímulos que ejercen su influencia sobre tu cuerpo? Nadie, y mucho menos prever todas las repercusiones. En cambio tu cuerpo se encarga de mantener una cierta estabilidad interna frente a las constantes variaciones del entorno. A esta capacidad se le denomina homeostasis, cuyas raíces giregas significan "mismo estado".

He allí la reducción de complejidad: por un lado el entorno con sus infinitas variaciones y por el otro, el cuerpo manteniendo la homeostasis (que por definición sólo puede darse dentro de ciertos límites). Sin embargo para que tal reducción de complejidad sea exitosa, la evolución ha desembocado en la construcción de esa compleja red de subsistemas que es tu cuerpo. Como ves, para obtener ese resultado simple que es tu salud se necesita del refinado funcionamiento de mecanismos biológicos de alta complejidad.

¿En qué otros contextos podemos hallar ejemplos de reducción de complejidad a través de un incremento en la complejidad del aparato o proceso simplificador? En mi opinión, prácticamente en todos lados pasa lo mismo. El hombre primitivo poco a poco fue reduciendo la complejidad con que el entorno se le presentaba al entendimiento a través de la invención de dioses caprichosos, responsables de los fenómenos naturales y hasta de su propia suerte. El pensamiento científico también es un reductor de complejidad, uno más eficiente que la antigua mitología. A fin de cuentas, aquellos dioses eran caprichosos y no resultaba nada fácil predecir su estado de ánimo y, en consecuencia, tampoco se podía saber cuál sería su siguiente movimiento. Las explicaciones de la ciencia, en cambio, son más consistentes, muchísimo más confiables y útiles para la predicción. Hay una reducción de la complejidad en el entendimiento de los fenómenos naturales, pero el precio que hay que pagar para ello es la construcción de un sistema mucho más complejo que la mitología.


Una evolución equiparable puede observarse en las leyes y la justicia. El uso de la fuerza bruta como medio para resolver disputas reduce la complejidad de los problemas entre los individuos de una manera muy burda. El recurso a leyes racionales y consensuadas, en cambio, refina las estrategias, es decir, se maneja mejor esa complejidad de la vida en sociedad. Claro que es más fácil soltar golpes que utilizar argumentos y apelar a la razón.


Como he dicho, ejemplos de reducción de complejidad a costa del incremento en la complejidad de los instrumentos reductores, los hay por todas partes. Lo que propongo en este post es el enfoque de análisis de la realidad a través de este par de "instrumentos": sistemas y complejidad. Tomemos cualquier situación que se nos presente y sobre la cual debamos formarnos una opinión o tomar alguna decisión y pongamos en práctica este método. Determinemos cuáles son los sistemas involucrados y entendamos de qué modo se da la reducción de complejidad, reconociendo los pros y contras de tal proceso.

jueves, mayo 29, 2008

Alumbramiento.

No era un país de hadas sino el jardín trasero de una vieja casona abandonada. Tampoco eran hadas ni luciérnagas, eran unos seres diminutos, luminosos como estrellas miniatura, volátiles como el polvo que recubría todo el interior de aquella desolada morada. Los vecinos no recordaban a quienes la hubiesen habitado, algunos ni siquiera estaban seguros que lo haya estado alguna vez. La única vida en su interior se alojaba en el jardín, que con los años había crecido salvaje y rebosante.

En aquel rincón, apartado del mundo, los anónimos seres de luz se entregaban con fruición a su más ferviente llamado, el arte de la luz. Cada noche de luna nueva, al centro del jardín olvidado, los seres de luz se reunían en una especie de ritual lumínico. Haces de luz blanca como la nieve, figuras metamórficas, malabares centelleantes, un hermoso espectáculo que jamás había sido observado por ojo humano. Los seres de luz se deleitaban con el desempeño de su radiante danza aérea. Todos participaban, ninguno permanecía fuera para mirar.

Hubo una ocasión, sin embargo, en que esto no fue así. Uno de aquellos seres de luz, una lucecilla apasionada como ninguno hasta entonces, ansiaba febrilmente hacer una ofrenda magnánima, la mayor, la más espectacular, la más radiante que jamás se hubiera realizado. Ése era su sueño. Toda su vida, en secreto, se había preparado para lograrlo y cuando al fin, justo al término de una de aquellas ceremonias-espectáculo, se supo lista para ello, su entusiasmo le resultó incontenible. Se lo contó a su único confidente, un lucero que, también en secreto, la había amado enardecidamente desde siempre. El próximo novilunio, le dijo, haré mi sueño realidad. No le dio más detalles ni él necesitó recibirlos, sabía exactamente de qué se trataba.

Muchas lunas antes él había jurado no compartir el secreto de ella, pues no estaba bien visto el querer brillar más que los demás. Lo importante era el trabajo en equipo, lo sagrado era la ofrenda común, lo estético era lo colectivo. Muchas más lunas antes, él se había jurado no revelar su propio secreto, pues era un sacrilegio tener cualquier otra cosa en mayor estima que la consagración luminosa. Ellos eran los seres de luz y su destino, brillar en las noches de luna nueva, no aceptaba rivalidades. Nacimos para brillar, no para amar, se reprendió con solemne angustia y calló.

Entonces llegó la noche sin luna. Ella estaba radiante y ávida de entregar a la noche su más brillante espectáculo. Él estaba inquieto, abrumado por la inminencia de su destino, el de ambos. El ritual comenzó. Los seres de luz danzaban centelleantes. Primero un anillo de plata que pronto se convirtió en una flor de pétalos translúcidos abriéndose fugazmente hasta romperse en un rocío fulgurante como lluvia de estrellas, asentándose en una nube informe de destellos que comenzó a girar lentamente asemejándose al rotar de una galaxia. La espiral latía rítmicamente y en cada revolución duplicaba el número de sus brazos hasta que cada uno tomara su propio rumbo haciendo rizos juguetones que finalmente estallarían en una esfera de puntos luminosos.

Pero justo antes del gran final, ella se ubicó al centro de aquel clímax centrífugo por venir. Lunas y lunas de práctica le permitieron concentrar toda su energía en un solo instante y, cuando estaba previsto que cada ser de luz tomara su radio de fuga y mientras él, sin que ella lo notara se acercaba por debajo, liberó la luz de toda una vida, alumbrando más que lo que toda la comitiva jamás había conseguido. Él no podía competir en resplandor con su amada así que ardió en rojo junto a ella, consumiéndose ambos en un solo destello rosado que dejó a los demás deslumbrados. Hablarían del suceso lunas y lunas hasta el final de los tiempos. Ella se inmoló por amor al arte. Él murió por amor a ella. Fue el espectáculo más maravilloso jamás visto.

martes, enero 15, 2008

Feliz, Feliz No Cumpleaños.

No llegaste a completar tu sexagésimo año de vida. Este 14 de enero fue un trago amargo y, aunque sin duda estuviste en la mente de tus hijos, no creo que ninguno se haya atrevido a mencionarte. Al menos yo no lo hice. Porque aún la herida no cierra y tú eres inseparable de tu ausencia.


Alguna vez, entre los años que compartimos solos, tuve la iniciativa de levantarme antes que tú para cortar tu sueño con las mañanitas. La mayoría de las veces, sin embargo, me paraba de la cama encontrándote ya despierta para darte el abrazo merecido. Esta vez, solo en tu casa me he levantado con el propósito de ir a reportar tu muerte ante el ISSSTE.


¿Qué se hace en el cumpleaños de quien ya no está? Las velas han dejado su lugar a las veladoras, como los abrazos a las lágrimas.